miércoles, enero 23, 2013

Portaretrato



No sabía exactamente hace cuanto tenía esa pequeña ventana: tal vez un minuto, una hora o una semana. O tal vez años. El caso es que apareció en medio de la oscuridad después de un ligero temblor. Era como si la hubiesen recortado en una pared y la hubiesen dejado así sin marco y, aunque le parecía fea, a través de ella podía ver.

La mujer miraba la ventana y la corría, milímetros.  Por un momento sintió que le estaba viendo a él. Quiso decirle algo para ver si ella respondía, pero no se le ocurrió nada.  Se le habían olvidado las palabras.

También se le habían olvidado los sabores. Era sólo cuando pasaba frente a su ventana con un plato de comida que recordaba la calidez de los frijoles, la efervescencia de la Coca-cola o la textura granulosa de las arepas recién hechas.

Al principio se la pasaba mirando por su pequeña ventana. Espiaba absolutamente todo lo que la mujer hacía y recordó lo que sentía por su esposa. Recordó también la intimidad de los brazos de su amante, los golpes en la espalda que le daba a sus hijos en señal de aprobación, los cocotazos que les pegaba cuando se portaban mal. Entonces lo vio.

Casi no lo reconoció de lo cambiado que estaba. ¿Quién era ese tipo de la barbita? El hombre se dio la vuelta y lo golpearon sus ojos azules, los mismos ojos azules de su hermana, los mismos ojos azules que lo miraban anhelante a través de un par de gafas, pequeños, tiernos.

Sintió un fuerte dolor en el centro de su ser como cuando le faltaba el aire.  ¿Cómo era posible que hubiese cambiado tanto? Ese muchacho, ese flaco, perfilaba ahora una barriga desgarbada, usaba el pelo corto, llevaba barba, ese que ni siquiera le salía bozo, que tenía un estómago de tabla, que llevaba rizos color miel. El de la ropa a la moda, rebelde, ahora llevaba un atuendo oficinesco.

Cómo era posible que después de tanta oscuridad tuviera ahora una ventana de luz y que esta le trajera tanto dolor, tanto asombro, tanta desolación. Se sintió aún más solo en su oscuridad y se tumbó, se apartó de la ventana, contempló el punto de luz roja titilante. Pero la atracción de la ventana era más fuerte y fue así que regresó a asomarse por ella.

La mujer le servía al hombre un plato humeante, rojo, húmedo, del cual no recordaba el nombre. Miraban la televisión mientras comían en la sala, igual que él lo hacía, contemplando el noticiero del mediodía. Después él desapareció y ella durmió una siesta en el sofá. Luego ella también se fue.

Cuando se sintió solo ,se tomó la libertad de asomarse lo más posible, pero algo le impidió atravesar la ventana. Desde ahí exploró todo lo que pudo. Pasó un  largo rato hasta que se aprendió de memoria todos los objetos del lugar.

La novedad de la ventana fue pasando y se acostumbró a ella. Por ella sabía si era de día o de noche, aunque a veces se confundía pues dejaban la luz de la sala encendida. Ya no la miraba, se mantenía en la oscuridad, haciendo nada.

De repente sintió un olor. No sabía identificarlo ni lo conocía pero le encantaba. Miró por la ventana y vio que una guirnalda de flores la atravesaba. Qué flores más extrañas, se preguntó. Frescas, estaban ensartadas con un hilo grueso, algunas ya empezaban a morir y éstas quedaban de su lado.  Entonces supo que no lo habían olvidado.

martes, diciembre 04, 2012

Una noche de juerga

Los amigos de la Revista Nagari  muy gentilmente publicaron uno de mis cuentos en su más reciente edición. Clic abajo para leer.

sábado, octubre 27, 2012

La mandala


Mandala Azul, Rodrigo Mendoza-Cortissoz
Mandala Azul, Rodrigo Mendoza-Cortissoz

Se sentó a meditar mirando la mandala. Fijó sus ojos en su centro: un cuadrado pequeño y blanco. A su alrededor varios triángulos formaban una estrella cuyos picos hacían un perfecto círculo enmarcado dentro de un cuadrado y así sucesivamente la mandala se iba expandiendo desde el centro hacia fuera.

Se sentía miserable pero trataba de concentrarse en la mandala por encima de la tristeza que le dejaba la boca llena de lágrimas. Trató de vaciar su mente como había escuchado decir a los maestros, pero los pensamientos negativos le invadieron.

No servía para nada, era mediocre y sentía hastío, desapego a la vida, ganas de dormir. Aún así contempló la mandala y poco a poco fue perdiéndose en sus formas.

Muy sutilmente percibió que algo a su alrededor había cambiado pues la habitación estaba ahora más oscura que antes y la mandala emitía una tenue luz, sus colores azul y blanco brillaban dulcemente y casi no percibía ruidos del mundo exterior.

Siguió con la mirada fija en su centro y fue entonces cuando empezó a ver que los dibujos en la mandala se movían, mínimamente, palpitaban. Los colores se hicieron más intensos, el azul pasaba por todas sus gamas hasta volver al azul oscuro y luego empezaba de nuevo. El blanco refulgía.

Empezó a ver verdes y rojos y pronto el cuadro tomó vida y las estrellas empezaron a danzar. Las figuras geométricas adquirieron relieve y comenzó a sentir una atracción especial por el cuadro. Algo en él le llamaba, le invitaba a entrar en ese mundo geométrico y cuadriculado, a perderse en sus laberintos de puertas triangulares, exágonos, cuadrados y círculos. Los ojos le lloraban pues miraba sin pestañear. Pero no pudo evitarlo y los cerró un instante.

Cuando los abrió estaba de nuevo en su cuarto, la luz ya no era la misma, escuchaba los ruidos de la casa, la magia se había perdido y la mandala seguía allí inmóvil, burlándose de su tonta ilusión de entrar en su lugar sagrado.

viernes, marzo 09, 2012

En el harem



The Harem Dancer by Hans Zatzka
Zoraya bailaba
en el harem,
su cuerpo
movido por las olas
de un mar
bravío
azul
turquesa.

Su cuerpo
poblado por mil almas
es un vaivén
columpio
zigzagueante,
dorado,
hermoso,
plano.

Zoraya,
hendijas en sus ojos,
perdida entre las madres,
traficada,
exprimida
y explotada

Zoraya rebosa
de sexo,
de amor,
de puro gozo,
de baile,
de flautas
y tambores.

La avispa en su cintura
es una ofensa
no para el Pashá
para sí misma.

Quebrada sobre sí
por no parir
ni haber parido,
Zoraya,
la hembra,
la lejana,
baila
triste,
desafiante.

The Harem Dance - Continental School
Un traficante
observa.
Desde la pluma
de su almohada
dibuja
su figura
espigada
cartel que anuncia
regocijos
de otros
hombres
menos
mezquinos
que él
pero igual de
sanguinarios.

Zoraya lo mira
sin saber
que el invitado
es su verdugo
y baila
para él
no disimula.

Llena de hastío
espera quieta
que termine
luego se lava
y llora
sin saber que
ya en su vientre
hay una luz,
un hito.

Zoraya no sabe
lo que espera
al otro lado,
tan sólo
vive,
come
y danza.

Una señal
anuncia
el cese de la luna.

Zoraya acaricia
su ilusión
como los hombres
atesoran
su cuerpo
y esconde
su redondez
en gasas.

El maleante
descubre
la charada,
puñal en mano
dispone el cese
y Zoraya
pierde un niño triste
de olor a viento.

Ahora sus ojos
son vacío,
su piel,
alfombra pisoteada,
su baile,
columpio quieto,
desierto,
abismo,
nada.

Zoraya espera
en el harem
su cuerpo
estático
sin mar
es arena
polvo
llaga.

jueves, febrero 16, 2012

Puesto de Combate No.77

Varios de mis poemas furon publicados en la revista Puesto de Combate que dirige mi amigo el escritor Milciades Arévalo. Lee la revista aquí.

sábado, enero 28, 2012

El nombre de Ernesto Cortissoz



Yo tenía 16 e iba a visitar a mi tía Clarita Cortissoz de Strauss en su vieja casona del barrio Prado. La amistad entre la muchacha y la anciana era extraña para los que no nos conocieran: yo, una aprendiz de poeta, y ella una lectora consumada que declamaba en alemán y componía versos. Nos unía el amor por la poesía y la declamación, la sangre y la sensibilidad que compartíamos. Sentada en la sala de su casa, donde me recibía en bata en las tardes de calor, el cuadro de Ernesto Cortissoz nos costemplaba.

De todos los hermanos Cortissoz Rodríguez, Clarita fue la que pasó más tiempo junto a su padre por ser la mayor. Ella más que nadie pasó del esplendor a la tristeza y recordaba a su padre con devoción, 60 años después de su trágica muerte.

El nombre del mítico bisabuelo siempre fue importante en la familia. De diferentes bocas escuché como este hombre había muerto en forma prematura a los 39 años durante el accidente del junker 'Tolima' en el que también murieron otros cinco alemanes, incluido el piloto del avión, dejando una familia a la deriva y una fortuna que en poco tiempo se hizo agua. Pero Ernesto Cortissoz nos dejó un nombre.

La familia no estaba ya entre las más ricas de la ciudad y mi abuelo Ernesto Cortissoz Rodríguez se forjó por su propio esfuerzo, pero también gracias a ese nombre que todos en la ciudad reconocían como credencial de buena reputación. Mi abuelo se encargó de llevar su legado a la siguiente generación. Al igual que su padre, mi abuelo quizo ser un hombre de empresa, un hombre cívico, un líder social y lo logró en gran parte.

Nunca he usado el Cortissoz, tal vez en parte porque quiero al igual que mi abuelo distinguirme por mis propios méritos y porque me parece anticuado usar dos apellidos. Pero un nombre encierra mucho y de nuevo el Cortissoz sale a relucir en esta entrevista que me hizo el periodista radial más importante de Colombia, Julio Sánchez Cristo.


Llevaba yo meses detrás de esta entrevista por mi deseo de dar a conocer mi cuento sobre un mutilado de la guerra colombiana, 'Muñones'. Y cuando Julio me dijo que tenía nombre de aeropuerto vi la oportunidad perfecta de recordarle a esta nueva generación quién fue mi bisabuelo. El momento no pudo ser más oportuno pues pocos días atrás un supuesto periodista publicó la columna
El pretencioso aeropuerto de Barranquilla en la que hizo gala de su desinformación sobre Cortissoz Alvarez Correa.

La respuesta de la familia no se hizo esperar. El Heraldo publicó la Réplica por el héroe Ernesto Cortissoz el del aeropuerto que escribió mi tío Jaime Cortissoz. Mi tía Esther publicó una carta en Facebook y mi mamá mandó otra por correo electrónico.

Ha pasado casi un siglo de la muerte de Ernesto Cortissoz, no es de extrañarse que pocos conozcan su vida. Pero su nombre ha estado en boca de millones de viajeros de todo el mundo que en algún momento han pasado por el aeropuerto de Barranquilla y ha sido incluido en el libro Once Jews, stories of Caribbean Sephardim por Jossete Goldish.

Un nombre no es mucho, un legado sí.


Biografía de Ernesto Cortissoz Alvarez Correa, extraída de 'Ernesto Cortissoz, conquistador de utopías'
(Barranquilla, 30 de diciembre de 1884 - 8 de junio de 1924) fue uno de los pioneros de la aviación comercial en Colombia y América Latina.

Ernesto Cortissoz nació en Barranquilla el 30 de diciembre de 1884. Su padre, Jacobo Cortissoz Jesurum Pinto, casado con Julia Álvarez Correa, descendía del matrimonio judío sefardita conformado por José Cortissoz y Esther Jesurum Pinto, los cuales emigraron de Curazao en la primera mitad del siglo XIX.

Del matrimonio Cortissoz Álvarez-Correa nacieron catorce hijos, siendo Ernesto el quinto. Su tía materna Clara Álvarez-Correa se hizo cargo de él, llevándolo a Bremen, Alemania, donde realizó sus estudios básicos y obtuvo el diploma Realschule, después de sustentar con méritos su tesis sobre comercio. Posteriormente su tía lo llevó a Inglaterra para que aprendiera inglés; y a Suiza, para que aprendiese francés e italiano. Una vez logrado este objetivo, Clara regresó con Ernesto a Barranquilla.

A su regreso se dedicó a las actividades económicas iniciadas por su padre. Colaboraba principalmente en las oficinas de Cortissoz y Cía, que dirigía su hermano Rodolfo, atendiendo los tramites ante la aduana de las importaciones y exportaciones que la compañía efectuaba. Efectuaba viajes periódicos a localidades como Zambrano, Plato, Magangué y Usiacurí, a cobrar dinero o a las cercanías de la isla del Fangal, en donde tenían una propiedad en vías de explotación. En Honda también funcionaba la Casa Cortissoz de la Peña. Las inversiones de la familia Cortissoz se extendieron a diversas ramas de la economía siguiendo las tendencia de la época.

En 1908 se casó con Esther Rodríguez González en un matrimonio mixto habida cuenta de que pertenecían a diferentes religiones. Ernesto era judío y Esther católica. Este matrimonio tuvo siete hijos: Enrique, Clara, Cecilia, Ernesto, Fernando, Alberto y Eduardo.

Ernesto Cortissoz se convirtió en uno de los principales ejecutivos en Barranquilla. En 1914 se encargó de la gerencia del Crédito Mercantil, nombre bajo el cual la Sociedad Colectiva Cortissoz-Correa y Cía fundada en el mismo año, adelantaba negocios bancarios, actividad principal de la misma, participó de esa multiplicidad negociadora que caracterizó a Barranquilla y a su élite empresarial a partir de la segunda mitad del siglo XIX. LA SCADTA, The Walters Brewing and Ice, absorbida por la Cervecería Barranquilla cuyos accionistas más importantes pertenecían a la familia Cortissoz, Compañía Unida de Fósforos y la empresa Harinera del Atlántico, lo tuvieron como accionista. Ernesto Cortissoz hizo gala de sus dotes de gerente. Lo fue del Crédito Mercantil, de la fábrica de fósforos El Cóndor, de la empresa del tranvía urbano, y el acueducto de la ciudad.
Ernesto Cortissoz estuvo presente en la fundación del béisbol, haciendo parte del grupo de personas que organizó esta actividad deportiva en el país.

Si bien Cortissoz no participó activamente en política, si lo hizo en forma indirecta, a través de todas las asociaciones que propugnaban por el desarrollo y bienestar de Barranquilla. Muestra de ello fue su militancia en la Liga Costeña, como fundador y representante por el departamento del Atlántico en 1919. También llegó a ser grado 33 de la masonería, rito Inglés.

Con un capital de cien mil pesos, y según acta notarial del 5 de diciembre de 1919, se constituyó la empresa de aviación Sociedad Colombo Alemana de Transporte Aéreo SCADTA en Barranquilla, teniendo como presidente “ad-honorem” a Ernesto Cortissoz Álvarez-Correa. Esta sociedad trajo dos aviones de Alemania, iniciando la aviación comercial en América. El objetivo prioritario de trabajo era establecer líneas de comunicación con el interior del país. Además se esperaba poder contratar la conducción de correos por vía aérea, a partir de licitación pública ante la Administración General de Correos Nacionales. El 14 de noviembre de 1920 el primer Junkers aterrizo en la Sabana de Bogotá
La utopía de Bocas de Ceniza, llevó a Ernesto Cotissoz a la muerte el 8 de junio de 1924 a los 39 años de edad, mientras promovía la canalización del río Magdalena, se embarcó en el avión “Tolima” de Scadta para desde el aire lanzar sobre la ciudad hojas alusivas a Bocas de Ceniza. El avión se precipitó a tierra debido a un fallo mecánico, causando la muerte del precursor de la aviación comercial en América.

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