Yo tenía 16 e iba a visitar a mi tía Clarita Cortissoz de Strauss en su vieja casona del barrio Prado. La amistad entre la muchacha y la anciana era extraña para los que no nos conocieran: yo, una aprendiz de poeta, y ella una lectora consumada que declamaba en alemán y componía versos. Nos unía el amor por la poesía y la declamación, la sangre y la sensibilidad que compartíamos. Sentada en la sala de su casa, donde me recibía en bata en las tardes de calor, el cuadro de Ernesto Cortissoz nos costemplaba.
De todos los hermanos Cortissoz Rodríguez, Clarita fue la que pasó más tiempo junto a su padre por ser la mayor. Ella más que nadie pasó del esplendor a la tristeza y recordaba a su padre con devoción, 60 años después de su trágica muerte.

El nombre del mítico bisabuelo siempre fue importante en la familia. De diferentes bocas escuché como este hombre había muerto en forma prematura a los 39 años durante el
accidente del junker 'Tolima' en el que también murieron otros cinco alemanes, incluido el piloto del avión, dejando una familia a la deriva y una fortuna que en poco tiempo se hizo agua. Pero Ernesto Cortissoz nos dejó un nombre.
La familia no estaba ya entre las más ricas de la ciudad y mi abuelo Ernesto Cortissoz Rodríguez se forjó por su propio esfuerzo, pero también gracias a ese nombre que todos en la ciudad reconocían como credencial de buena reputación. Mi abuelo se encargó de llevar su legado a la siguiente generación. Al igual que su padre, mi abuelo quizo ser un hombre de empresa, un hombre cívico, un líder social y lo logró en gran parte.
Nunca he usado el Cortissoz, tal vez en parte porque quiero al igual que mi abuelo distinguirme por mis propios méritos y porque me parece anticuado usar dos apellidos. Pero un nombre encierra mucho y de nuevo el Cortissoz sale a relucir en esta entrevista que me hizo el periodista radial más importante de Colombia, Julio Sánchez Cristo.
Llevaba yo meses detrás de esta entrevista por mi deseo de dar a conocer mi cuento sobre un mutilado de la guerra colombiana,
'Muñones'. Y cuando Julio me dijo que tenía nombre de aeropuerto vi la oportunidad perfecta de recordarle a esta nueva generación quién fue mi bisabuelo. El momento no pudo ser más oportuno pues pocos días atrás un supuesto periodista publicó la columna
El pretencioso aeropuerto de Barranquilla en la que hizo gala de su desinformación sobre Cortissoz Alvarez Correa.
La respuesta de la familia no se hizo esperar. El Heraldo publicó la
Réplica por el héroe Ernesto Cortissoz el del aeropuerto que escribió mi tío Jaime Cortissoz. Mi tía Esther publicó una carta en Facebook y mi mamá mandó otra por correo electrónico.
Ha pasado casi un siglo de la muerte de Ernesto Cortissoz, no es de extrañarse que pocos conozcan su vida. Pero su nombre ha estado en boca de millones de viajeros de todo el mundo que en algún momento han pasado por el aeropuerto de Barranquilla y ha sido incluido en el libro
Once Jews, stories of Caribbean Sephardim por Jossete Goldish.
Un nombre no es mucho, un legado sí.
Biografía de Ernesto Cortissoz Alvarez Correa, extraída de 'Ernesto Cortissoz, conquistador de utopías'
(Barranquilla, 30 de diciembre de 1884 - 8 de junio de 1924) fue uno de
los pioneros de la aviación comercial en Colombia y América Latina.
Ernesto Cortissoz nació en Barranquilla el 30 de diciembre de 1884.
Su padre, Jacobo Cortissoz Jesurum Pinto, casado con Julia Álvarez
Correa, descendía del matrimonio judío sefardita conformado por José
Cortissoz y Esther Jesurum Pinto, los cuales emigraron de Curazao en la
primera mitad del siglo XIX.
Del matrimonio Cortissoz Álvarez-Correa nacieron catorce hijos,
siendo Ernesto el quinto. Su tía materna Clara Álvarez-Correa se hizo
cargo de él, llevándolo a Bremen, Alemania, donde realizó sus estudios
básicos y obtuvo el diploma Realschule, después de sustentar
con méritos su tesis sobre comercio. Posteriormente su tía lo llevó a
Inglaterra para que aprendiera inglés; y a Suiza, para que aprendiese
francés e italiano. Una vez logrado este objetivo, Clara regresó con
Ernesto a Barranquilla.
A su regreso se dedicó a las actividades económicas iniciadas por su
padre. Colaboraba principalmente en las oficinas de Cortissoz y Cía, que
dirigía su hermano Rodolfo, atendiendo los tramites ante la aduana de
las importaciones y exportaciones que la compañía efectuaba. Efectuaba
viajes periódicos a localidades como Zambrano, Plato, Magangué y
Usiacurí, a cobrar dinero o a las cercanías de la isla del Fangal, en
donde tenían una propiedad en vías de explotación. En Honda también
funcionaba la Casa Cortissoz de la Peña. Las inversiones de la familia
Cortissoz se extendieron a diversas ramas de la economía siguiendo las
tendencia de la época.
En 1908 se casó con Esther Rodríguez González en un matrimonio mixto
habida cuenta de que pertenecían a diferentes religiones. Ernesto era
judío y Esther católica. Este matrimonio tuvo siete hijos: Enrique,
Clara, Cecilia, Ernesto, Fernando, Alberto y Eduardo.
Ernesto Cortissoz se convirtió en uno de los principales ejecutivos
en Barranquilla. En 1914 se encargó de la gerencia del Crédito
Mercantil, nombre bajo el cual la Sociedad Colectiva Cortissoz-Correa y
Cía fundada en el mismo año, adelantaba negocios bancarios, actividad
principal de la misma, participó de esa multiplicidad negociadora que
caracterizó a Barranquilla y a su élite empresarial a partir de la
segunda mitad del siglo XIX. LA SCADTA, The Walters Brewing and Ice,
absorbida por la Cervecería Barranquilla cuyos accionistas más
importantes pertenecían a la familia Cortissoz, Compañía Unida de
Fósforos y la empresa Harinera del Atlántico, lo tuvieron como
accionista. Ernesto Cortissoz hizo gala de sus dotes de gerente. Lo fue
del Crédito Mercantil, de la fábrica de fósforos El Cóndor, de la
empresa del tranvía urbano, y el acueducto de la ciudad.
Ernesto Cortissoz estuvo presente en la fundación del béisbol,
haciendo parte del grupo de personas que organizó esta actividad
deportiva en el país.
Si bien Cortissoz no participó activamente en política, si lo hizo en
forma indirecta, a través de todas las asociaciones que propugnaban por
el desarrollo y bienestar de Barranquilla. Muestra de ello fue su
militancia en la Liga Costeña, como fundador y representante por el
departamento del Atlántico en 1919. También llegó a ser grado 33 de la
masonería, rito Inglés.
Con un capital de cien mil pesos, y según acta notarial del 5 de
diciembre de 1919, se constituyó la empresa de aviación Sociedad Colombo
Alemana de Transporte Aéreo SCADTA en Barranquilla, teniendo como
presidente “ad-honorem” a Ernesto Cortissoz Álvarez-Correa. Esta
sociedad trajo dos aviones de Alemania, iniciando la aviación comercial
en América. El objetivo prioritario de trabajo era establecer líneas de
comunicación con el interior del país. Además se esperaba poder
contratar la conducción de correos por vía aérea, a partir de licitación
pública ante la Administración General de Correos Nacionales. El 14 de
noviembre de 1920 el primer Junkers aterrizo en la Sabana de Bogotá
La utopía de Bocas de Ceniza, llevó a Ernesto Cotissoz a la muerte el
8 de junio de 1924 a los 39 años de edad, mientras promovía la
canalización del río Magdalena, se embarcó en el avión “Tolima” de
Scadta para desde el aire lanzar sobre la ciudad hojas alusivas a Bocas
de Ceniza. El avión se precipitó a tierra debido a un fallo mecánico,
causando la muerte del precursor de la aviación comercial en América.